“Aquel mismo día, por la tarde, estaban reunidos los discípulos en una casa con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos.Jesús se presento en medio de ellos y les dijo:“La paz este con ustedes” y les mostró las manos y el costado.Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.Jesús les dijo de nuevo:“La paz este con ustedes”…” (Jn. 20, 19 – 21)
El evangelio de Juan sitúa este texto después del relato de lo sucedido aquella mañana en que Maria Magdalena, la apóstol de los apóstoles, habiendo ido al sepulcro del maestro y encontrando la tumba vacía, busca el cuerpo del amado, le pregunta al jardinero, y como respuesta la voz del amado la llama por su nombre y ella reconoce al amado, y a pesar del “NOLLI TANGERE” en esa “noche amable mas que la alborada” del alma de magdalena, sin la menor duda llego a ser “amada en el amado transformada”.
El texto que sigue, en consecuencia, se sitúa la tarde de ese mismo día, en la tarde de aquel primer domingo de resurrección.
Sin duda el temor de los discípulos reunidos con las puertas cerradas, es el mismo temor de las primeras comunidades que se enfrentaban a un mundo que nos miraba, a los cristianos, con desconfianza, es el mismo temor que a lo largo de la historia humana se ha repetido en innumerables “tardes de domingo”, en que la humanidad se debate entre el temor y la esperanza, entre el creer y el no creer, en que llenos de miedo, los seres humanos nos enfrentamos al temor de ser rechazados, de ser perseguidos, de ser golpeados, encarcelados, humillados por otros seres humanos, tal vez el mismo temor que podemos sentir cuando debemos enfrentar la decisión de asumir nuestra sexualidad gay, o el mismo temor que podríamos sentir cuando en alguna disco del ambiente nos encontramos con un conocido, quizás el mismo temor que enfrentamos al reunirnos hoy, aquí y ahora; el mismo temor al que, sin duda, a lo largo de la historia humana han enfrentado innumerables grupos minoritarios, que por ser diferentes hemos sufrido el rechazo de la sociedad, que muchas veces es incapaz de aceptar aquello que aparece como diferente frente a sus parámetros de “pseudos normalidad”.
“La paz este con ustedes…”, la paz este en ustedes, la paz este por ustedes en mundo que muchas veces nos ha mirado, nos mira y nos seguirá mirando con temor y desconfianza, con el temor con que se mira lo diferente, lo que no cumple con lo que socialmente se ha construido como “normalidad”, un mundo globalizado, en el que sin embargo se mira con recelo y con temor a todo y a todos, donde nos complica mirar al otro con confianza.
“La paz este con ustedes…” es sin duda un llamado a la confianza a abrir el corazón, a abrir las puertas de nuestra vida a los otros, a quienes nos rodean, a no tener temor para no ser temidos, una invitación a presentarnos frente a los demás seres humanos, como las imágenes del primitivo arte cristiano que muestra a los orantes mostrando las palmas de las manos, poniendo la vida frente a Dios y frente a las personas que nos rodean, mostrando lo que somos sin miedo, sin temor.
“La paz este con ustedes…” una paz que no la da el mundo, una paz que en medio del bullicio de la ciudad, en medio de la vorágine del mundo moderno, de la indiferencia, resuena como un murmullo, casi imperceptible, “música callada, soledad sonora” voz del amado, que llama, que interpela; voz del amado que resuena en miles de voces de los pobres, y de los excluidos de la tierra, de los seres humanos que pasan junto a nosotros, que comparten y construyen con nosotros historia, que se convierte en sagrada, cuando la historia compartida es historia de amor, de entrega, de deseo de plenitud y completud que se da cuando el ser humano se encuentra con otro ser humano, cuando somos capaces de ponernos en connivencia con otro que es, al igual que nosotros, imagen y semejanza de Dios.
El deseo del ser humano por encontrar al amado, por encontrar, por sentir, por aprehender esa paz que cristo al plenificar al hombre nos entrega, aquel deseo que lleva a Maria Magdalena a ir al sepulcro sin pensar en quien moverá la roca, a preguntarle al jardinero por el cuerpo de Jesús para llevárselo, sin importar que sus fuerzas seguramente no bastarían para mover el cadáver, es el motor que mueve nuestros deseos mas profundos de búsqueda, que deseos de encuentro, de necesidad de encontrarnos con el otro, de amar y ser amado, por otro ser humano y por un Dios que es Padre y Madre, que sale a nuestro encuentro gratuitamente, sin pedirnos nada.
Hoy la liturgia nos hace contemplar a Cristo resucitado, que sube a su Padre y Padre de cada uno de nosotros, el saludo del resucitado “la paz este con ustedes”, la voz del amado, seguramente seguía resonando en ese grupo de mujeres y hombres que seguían mirando a las alturas mientras las nubes no les permitían ver al Señor, “la paz este con ustedes” seguramente en esos momentos en que el temor los invadió nuevamente, pero en que desde el fondo del corazón probablemente latía el deseo de esa paz, que ya no seria posible experimentar cuando el amado nos ha dejado, un deseo de paz, de plenitud, de búsqueda que, a mi parecer, nos invade y nos motiva a estar aquí, no se si mirando al cielo o no, ningun ángel se aparecerá y nos dirá “hombres de galilea que hacen mirando al cielo…”, pero esas palabras deberían hacernos pensar en cuanto miramos al cielo buscando la paz que viene del resucitado, buscando fuera de nosotros a aquel que habita en nuestros corazones; el deseo por el amado involucra en deseo por la realización personal, involucra el deseo por ser amado por otro ser humano y amar a otro ser humano, como el Padre, el amante, como Cristo, el amado, como el Espíritu Santo, amor hecho persona, nos ama, sin exclusiones, sin distinciones; santificando, dignificando, resucitando, redimiendo nuestra humanidad deseosa de encontrarse consigo misma, con los otros, y con el absolutamente otro, en los otros.
Sin duda la paz del resucitado, la paz que nos deja el amado, solo es posible cuando nuestros corazones son capaces de ser instrumentos y lugares de justicia y de verdad, en quienes cada ser humano sea capaz de “encotnrar motivos para seguir esperando”, porque porque como nos dice el salmo “la paz y la justicia se besan…”